jueves, 13 de diciembre de 2012

Literofilia.


Abre el libro, lee detalladamente cada una de las palabras que se encuentran plasmadas en la hoja derecha, posa su mirada sobre cada letra de una manera casi erótica, como si las acariciara.
Palpa el cuero del lomo de su libro, al pasar las páginas siente el olor de las hojas viejas, el mejor olor que conoce, por eso siempre adquiere libros usados.

El lector imagina cada uno de los personajes, recrea la situación, imagina el ocaso en aquél bosque de la vieja Patagonia argentina… Visualiza a la desdichada protagonista, casi percibe su olor a Laurel mezclado con su transpiración, se desespera.  Ella huye, ella llora, ella suda aunque tenga mucho frío; gira la cabeza, no viene nadie. Siente profundo alivio.

Sin notarlo se queda dormido con el libro en su pecho, el frío lo despierta. Ya no está en su casa, no está en su cuarto, se encuentra acostado sobre lo que parece ser pasto, el ambiente le resulta familiar. Se levanta e intenta observar a su alrededor, los frondosos árboles que lo rodean le impiden mirar al horizonte, es de noche, ya no es él, ya no es hombre. No entiende qué le sucede, de pronto recuerda todo: debe huir.

Gira la cabeza, dos hombres la persiguen, continúa corriendo, está cansada. Las ramas robustas y frías golpean su rostro, antes que se de media vuelta y termine por comprenderlo, una bala fría le atraviesa el pecho.

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