lunes, 31 de diciembre de 2012

Embriaguez musical.


En algunos momentos, cuando siento la inmensidad de alguna melodía quisiera estar a tu lado. Sucumbir ante el profundo deleite que proporciona una buena tonada, ceder temporalmente a la libertad… Y así nos vamos despojando de las palabras, del nihilismo de las palabras.

En esos momentos, cuando me siento totalmente desligada de mi orgullo sólo anhelo tenerte abrazado a mí, sin decir una palabra. Mientras dejamos que el placer se extienda y se diluya entre los caudales de la música.Y disfruto al mirarte bailar, dejándote llevar por cualquier ritmo. Así no tengas idea de lo que haces, disfruto mirándote, porque para mí es la escena más conmovedora que he visto. Luego no puedo resistirme ante el impulso de bailar a tu lado, balancearnos juntos; después de percatar que hemos pasado un par de minutos pisándonos los pies, bailando a nuestro ritmo (diferente al de la canción). Nos reímos, nos besamos, y el beso lleva a la caricia, y la caricia a su continuación.

Así sin notarlo acabamos totalmente embriagados, dulcemente embriagados por la música.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Oasis.


Estos días todo ha estado raro, este desenlace se tornó de forma extraña. Estos días…  estos días sin verte parecen interminables. Tú siempre has sido mi pequeño Oasis, el que me aparta de la Odisea a la que llamamos “rutina”, que me carcome y me consume lentamente.

¿Por qué en estas últimas horas siento que has cambiado? ¿Has cambiado, o he cambiado yo?

¿Por qué ya no veo las cosas desde la gama de matices que solías proporcionarme? Ahora observo mi entorno en blanco y negro, las calles se ven opacas, las personas parecen hipócritas dentro de su diplomacia, ¿pero no han sido siempre así? Hipócritas conformistas, fariseos jugando a ser optimistas.  
Ahora se supone que debo esperar, debemos esperar, ¿esperar a qué? Si algo he aprendido en estos días ha sido a esperar, pero poco a poco la paciencia se vuelve insuficiente, y la espera se alarga en un sinfín de horas, de días. El tiempo es mezquino y sólo consigo alimentarme de recuerdos, de aquella época cuando en mi vida había tiempo para escapar de mí misma.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Literofilia.


Abre el libro, lee detalladamente cada una de las palabras que se encuentran plasmadas en la hoja derecha, posa su mirada sobre cada letra de una manera casi erótica, como si las acariciara.
Palpa el cuero del lomo de su libro, al pasar las páginas siente el olor de las hojas viejas, el mejor olor que conoce, por eso siempre adquiere libros usados.

El lector imagina cada uno de los personajes, recrea la situación, imagina el ocaso en aquél bosque de la vieja Patagonia argentina… Visualiza a la desdichada protagonista, casi percibe su olor a Laurel mezclado con su transpiración, se desespera.  Ella huye, ella llora, ella suda aunque tenga mucho frío; gira la cabeza, no viene nadie. Siente profundo alivio.

Sin notarlo se queda dormido con el libro en su pecho, el frío lo despierta. Ya no está en su casa, no está en su cuarto, se encuentra acostado sobre lo que parece ser pasto, el ambiente le resulta familiar. Se levanta e intenta observar a su alrededor, los frondosos árboles que lo rodean le impiden mirar al horizonte, es de noche, ya no es él, ya no es hombre. No entiende qué le sucede, de pronto recuerda todo: debe huir.

Gira la cabeza, dos hombres la persiguen, continúa corriendo, está cansada. Las ramas robustas y frías golpean su rostro, antes que se de media vuelta y termine por comprenderlo, una bala fría le atraviesa el pecho.