Una semana inerte, un día insípido e increíblemente pesado. Una mala noche, una vida rara.
Me parece el momento indicado para admitir (esta vez sin rodeos y sin torpeza al hablar) que usted es mi chaleco salvavidas. Después de una jornada agotadora y pesada, su imagen aparece. Se escabulle de alguna parte de mí que está sepultada durante el día, y sólo en la noche se manifiesta. Su recuerdo brota de lo oscuro, como una Flor de Loto, nunca se le ve llegar.
Me acecha, me vigila; a veces con mirada inquisidora, a veces con melancolía.
Usted deberá imaginar aquél temor que una noche me invadió, aquella agonía intermitente que sentí cuando ya no podía evocarlo con claridad... Se convirtió en un espectro lejano. Como aquél libro que se leyó una vez, y cualquier jugarreta de la vida lo expone de vez en cuando.
Aquella noche lo descubrí: Debía fabricar un nuevo recuerdo.
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